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Arquitectura de Luis Barragán en Mexico

30 noviembre, 2018

Luis Barragán: En busca de un espacio de poesía y memoria.


Pese a que Luis Barragán (Guadalajara, Jalisco, 9 de marzo de 1902-23 de noviembre de 1988) dejó un reducido legado arquitectónico, su influencia entre otros muchos profesionales mexicanos ha contribuido a difundir, con profusión, muchas de las mejores características de su trabajo. Resulta difícil precisar hasta qué grado un hombre de la potencia creadora de Barragán fue capaz de expresar, en su obra, el sentimiento estético de un gran número de personas. Pero, sin duda, sus construcciones recogen una emoción que aglutina un amplio espectro de sensibilidades; en ellas se conservan la memoria histórica y los rasgos de culturas que, a primera vista, pueden resultar tan disímbolas como la hispana, la islámica o la que proviene del mestizaje en América.


Luis Barragán, al igual que otros contemporáneos suyos, participó de los preceptos fundamentales del funcionalismo: racionalidad y orden ensamblados con el mínimo indispensable de elementos para satisfacer una necesidad. Durante algunos años sus construcciones caen, sin cortapisas, en el llamado estilo internacional, imperio del rectángulo y la línea recta. Sin embargo, a partir de 1947 se produce un cambio. Como suele suceder, en su interior se libra una batalla que. gracias a la delicada alquimia del espíritu, concilia conceptos que para cualquier otro sujeto podrían resultar excluyentes. El resultado es lo que él mismo denominó arquitectura emocional. Años más tarde, al recibir el Premio Pritzker de arquitectura de 1981, declararía: “‘Mi obra es autobiográfica. Son los recuerdos del rancho con los caballos, de la provincia. Es mi trabajo la transportación al mundo contemporáneo de esa nostalgia…” Barragán, como otros grandes artistas que encuentran en la memoria la materia prima de su creación, descubrió en el desván de sus recuerdos las constantes básicas que determinarían su estilo y sus aportaciones al mundo del arte.



A partir de entonces. en su trabajo comienzan a emerger esos muros espesos que se prolongan con un afán de serenidad y equilibrio, roto, de vez en vez, por la sugerencia cromática de una pigmentación crepuscular, por los estallidos rosas o azules propios de la tradición popular mexicana. Barragán buscaba consolidar espacios amurallados donde el hombre encuentre un ambiente propicio para la meditación y el recogimiento. Redujo el tamaño e incluso limitó la proliferación de ventanas; no le tuvo miedo a la suave penumbra ni a la iluminación incierta de un haz luminoso que desciende de la alto. Buscó el silencio y el canto dulce y pausado del agua que gotea o escurre con lentitud en sus fuentes; esos espejos líquidos que se diluyen, sin obstáculo, en el empedrado, o llegan a invadir la sala principal de la casa. Muchas casas particulares se vieron beneficiadas de estos hallazgos; la suya propia en primer término, la Prieto López, la Casa Gálvez, o la casa, piscina y establos Egerstrom, por mencionar algunas. Damián Bayón, el reconocido crítico e historiador del arte, comentó en cierta oportunidad que “una casa de Barragán hay que merecerla”.
Sus construcciones domésticas permitieron que el artista diera forma a un estilo de vida encaminado al cultivo de los valores esenciales del ser humano y a la armonización de los componentes del entorno natural: luz, agua que fluye, barro, madera, piedra, vegetación y vida animal. En esos espacios se prevé, en muchos casos, el tránsito de caballos o el hospedaje de aves como las palomas que, con su zureo, matizan la sutil atmósfera sonora que también constituyó una de las preocupaciones constructivas del arquitecto. Con la suma de todos estos factores, Barragán logró diseñar el entorno idóneo para un edificio religioso como la Capilla de las Capuchinas Sacramentarías del Purísimo Corazón de María, en Tlalpan. Como en muchos casos, la edificación requirió también el complemento de un mobiliario acorde con el concepto general. Las bancas, celosías y veladores completan, así, un cuadro propicio a la meditación y el retiro.


Merecedor del Premio Nacional de Arquitectura, Luis Barragán halló, de la misma manera que un gran número de sus colegas, vías para plasmar, en colaboraciones conjuntas, los talentos de otros artistas y arquitectos. Tal es el caso de uno de los grandes marcadores urbanos de la Ciudad de México: Las Torres de Satélite, esos orgullosos prismas que sintetizaron sus propias preocupaciones, las ideas escultóricas de Mathías Goeritz y la experiencia del color de Jesús Reyes Ferreira. Estas torres son uno de los ejemplos que dan fe de las virtudes que, en el terreno urbanístico, poseyó Barragán. Su interés por los jardines, las plazas y la traza de la ciudad, lo llevó a planear las entradas del “Pedregal de San Angel” y a elaborar un plan maestro para el fraccionamiento “Las Arboledas”. Uno de sus últimos trabajos le permitió aplicar, en una sola estructura, gran parte de su saber: en la Macro-plaza de Monterrey alzó la imponente columna que fue bautizada como el Faro del Comercio. Hoy, muchas ideas que no alcanzó a desarrollar encuentran cauce en los proyectos de quienes continúan explorando las rutas que él inauguró.