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Desarrollo del pueblo Japonés

30 noviembre, 2018

LOS JAPONESES ARMONIZAN LO TRADICIONAL CON LO MODERNO, LO NACIONAL CON LO FORÁNEO


No es fácil dar nombre apropiado a esa especial cualidad del pueblo japonés que le permite desarrollarse con tanta rapidez. Tal vez la palabra que mejor la describa sea sincrasis, la que el diccionario define como “el poder de fusionar elementos diversos en un todo nuevo, revitalizado y poderoso”; es decir, la aptitud de integrar, con los factores más disímiles, nuevos vehículos de progreso. Esta sincrasis de los japoneses se manifiesta no sólo en el orden tecnológico, sino también en el cultural. Así, por ejemplo, el ejecutivo típico de un gran conglomerado industrial japonés pasará el día vestido de cuello y corbata, como cualquier occidental, ocupado en resolver complejísimos problemas de producción, costos y mercadotecnia; pero, por la noche, es probable que asista a una función de teatro kabuki, en la que se presentará algún drama romántico japonés prácticamente en la misma forma en que se hacía en el siglo XVIII.


A un visitante no le sorprenderá asisitir a una típica ceremonia nupcial celebrada al estilo tradicional japonés y oficiada por un sacerdote shintoísta. Su asombro comenzará cuando le informen que el local en que se efectúa la boda es el salón de recreo para los empleados de un planta manufacturera ultramoderna; que los novios se conocieron a través de un servicio compu-tarizado mantenido por el departamento de personal de la empresa para buscar pareja a sus trabajadores; y que los contrayentes abandonarán el salón, una vez concluida la ceremonia, no entre las sonoras notas de una exótica melodía japonesa, sino a los grandiosos acordes de la marcha nupcial de Félix Mendelsohn, interpretada por un vibrante órgano electrónico.



En lo que se refiere a los gustos musicales de los japoneses, los amantes de este arte han podido notar cómo en los últimos diez años el número de solistas instrumentales japoneses que se presentan en las salas de concierto más renombradas del mundo —interpretando composiciones del repertorio clásico occidental— ha aumentado asombrosamente. Y es que los japoneses, seguidores de una tradición musical propia y típicamente oriental, tampoco han querido permanecer ajenos al genio de Beethoven, Chopin y Mozart. Una de las más poderosas empresas electrónicas del Japón —la Hitachi— patrocina su propia orquesta sinfónica, considerada como una de las mejores del país, e integrada totalmente por miembros voluntarios de su personal. La Orquesta Filarmónica del Japón se está acreditando rápidamente como uno de los mejores conjuntos de su clase, y sus grabaciones ya están en el mercado bajo la prestigiosa etiqueta fonográfica de Nonesuch Records. Este empeño japonés en dominar también el mundo de la música occidental tal vez tenga su expresión más destacada en la persona de: Seiji Ozawa, quien actualmente dirige la Orquesta Sinfónica de Boston, una de las más importantes de América y del mundo.


También en la escritura se manifiesta la habilidad de este pueblo para combinar lo foráneo con lo nacional en un todo dinámico y funcional. Los caracteres que usan regularmente los japoneses son los ideográficos del ancestral alfabeto chino, a los que llaman kanji. Pero como hay sonidos netamente japoneses —principalmente aquéllos en que figura el de la “rr”— que no pueden expresarse en kanji, lo hacen mediante un segundo sistema de escritura denominado hira-gana. En cuanto a los extranjerismos (con excepción de los de origen chino, que se expresan, lógicamente, en kanji), estos se escriben en un tercer sistema llamado kata-kana. Nuestro alfabeto romano constituye el cuarto y último sistema, y se usa, entre otras cosas, para enseñar a los occidentales la forma oral del idioma japonés, mediante una fonética en la que las vocales tienen los mismos sonidos que en español, mientras que las consonantes se pronuncian en forma parecida a la del inglés.


Esta facilidad para conciliar lo que para muchos resulta inconciliable la manifiestan los japoneses aún en materia de religión, hasta el punto de que para ellos resulta perfectamente normal pertenecer a dos religiones al mismo tiempo. Un japonés puede ser, por ejemplo, budista y shintoísta, o incluso shintoísta y cristiano a la vez, sin atormentar su espíritu con las contradicciones reales o aparentes que pueda haber entre ambos credos. Simplemente toman de cada uno los valores que consideran más importantes para su desarrollo espiritual, y los cultivan y practican con la mayor seriedad y honradez.


La otra cara de la moneda de esta facilidad sintética de los japoneses la constituye la preservación de las tradiciones de su cultura milenaria. Y, en este sentido, ninguna institución japonesa es más reveladora que la de darles a ciertos individuos la categoría de verdaderos monumentos nacionales vivos. Los escogidos para este alto honor son aquéllos que se han distinguido en las artes antiguas, tales como la artesanía, el tejido, la forja de espadas, e incluso el manejo de los títeres. Se les da el título oficial de Pilares de las Propiedades Intangibles Importantes, el que va acompañado de una subvención estatal para que puedan dedicarse a la práctica y enseñanza de sus valiosos oficios, a fin de que éstos no desaparezcan bajo la influencia de la producción en masa de la industria moderna, y puedan ser conocidos y practicados por las generaciones futuras.