Saltar al contenido

Embarcando hacia la Antartida

30 noviembre, 2018

“La estación Mawson parece una terminal de contenedores en la que ha estallado una bomba”, dice alguien que no estaba muy equivocado. Es una mezcla de edificios nuevos y viejos, algunos de hace 35 años, y tuberías por todos lados. Hay cuerdas en varias partes (para asirse a ellas en caso de borrasca).


Dentro de los laboratorios la cosa es muy parecida al campo Davis. No es que aquí no se esté haciendo ciencia, pero los presupuestos son muy desbalanceados; se dedica mucho dinero al mantenimiento de la base y no tanto a los programas experimentales. Aún así, “si no fuera por los biólogos que vienen a estudiar los pingüinos, no habríamos tenido mucho de qué escribir”, comenta un veterano de más de 30 años en Antártida, “en los viejos tiempos, todos podíamos hacer de todo, ahora se necesita un especialista hasta para arreglar el aire acondicionado”. En el verano hay aquí 55 habitantes, en invierno 25. Las banderas de los edificios, indicando la nacionalidad, son de primera importancia, aunque los edificios estén juntos. Lo mejor sería reunir los presupuestos y hacer un programa internacional, pero la política es la política y eso no ha sido posible. Si fuera así, se podrían efectuar más programas de glaciología, geología y otras materias.



Hacemos nuestra última excursión y salimos ocho de nosotros en un vehículo para todo terreno, que es el medio principal de transportarse, mientras Diana Patterson, la líder del campamento, se despide.


Atrás de la estación se extiende el gigantesco pastel de hielo que constituye al continente. El piso, duro como roca, hace imposible caminar sin espolones de hierro.


Dos planos, uno blanco y el otro azul, separados por una bien marcada línea, el horizonte. Este es blanco y se conserva siempre arriba del nivel de los ojos, al frente. Un extraño poder emana de él, jalando al espectador; uno quiere ver después del horizonte, pero una vez que se avanza un poco, lo mismo, blanco sobre el nivel de los ojos. El piloto del helicóptero que nos acompañaba dijo que si uno está volando a 3,000 metros de altura sin instrumentos, podría perderse con el blanco y el azul interminables hasta el horizonte.


Los caminos están marcados con tambos de combustible y latas de cerveza clavados con varas de bambú; por su resistencia y flexibilidad, cuando hay nieve, son los reflectores perfectos para el radar.


Llegamos a una montaña, un retiro para descansar de la monotonía de la estación. De regreso, pasamos por donde está un viejo aeroplano ruso. Hace 20 años, tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia. Aún así habría podido volar de nuevo, pero un desertor checoslovaco lo atacó en repetidas ocasiones con su grúa dejándolo inservible. “La venganza de Praga”, lo llamaba él.


En cuanto al cuidado del medio ambiente, los australianos son un modelo ejemplar. Literalmente todos los desperdicios se regresan a Australia para disponer de ellos allá. Inclusive llegan al extremo de que, cuando salen de excursión, colectan sus excrementos en bolsas de papel
para quemarlos en la estación.


Caminé por última vez hacia el brazo Este, una península que se mete un buen trecho hacia el mar. En el extremo me senté a dar un útimo vistazo a los hielos, la explanada, y el océano helado.


Siguiendo las huellas congeladas de nuestro paso cuando entramos, llegamos de nuevo a la orilla del hielo y al mar abierto. Salí a cubierta para despedirme del lugar con la mirada. Estaba solo, ya nadie quería saber de la Antártida. Todos pensaban en regresar a casa. Pero aún faltaban 10 dias de camino.


La comunidad forzada que habíamos integrado las siete pasadas semanas se desintegraba. Los conflictos reprimidos empezaron a salir. El peorde todos, el cocinero. Quemaba la comida, y no sabíamos cómo habíamos sobrevivido a sus artes culinarias. Todas las pláticas se centraban en en el futuro.. Nadie mencionaba a la Antartida. Solo algunos pasajeros que regresaban con nosotros des-pues de haber permanecido 14meses
en el continente helado, se mantenían aparte. Tenían sus propios pensamientos. Ahora se tendrían que readaptar al mundo del tráfico, de las cuentas bancarias, de los extraños, del ruido. Ahora tendrían que rehacer sus vidas. El índice de divorcios entre los expedicionarios de la Antártida es muy alto.


Una vez más, la carta de navegación es el centro de la atención de todos. Se corren apuestas acerca de la fecha en que llegaremos.
El último día, subo a cubierta, hay algo diferente. Las montañas de Tasmania siguen detrás del horizonte , pero hay algo en el aire. ¡ El olor a madera! ¡Tasmania! Nos juntamos en la proa. Vemos en silencio conforme las nubes en el horizonte se convierten en montañas, conforme aparecen los valles, conforme pasa junto a nosotros un barco pesquero.


A las 21:30 horas, después de 57 días, el viaje más largo que ha realizado el’ Tcebird” termina cuando nos detenemos en el puerto de Hobart.