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Japón comienza a occidentalizarse

4 diciembre, 2018

Los historiadores señalan el año 1543 como aquél en que los primeros europeos arribaron a las costas niponas. Lo hicieron a bordo de una nave portuguesa y, característicamente, la reacción de los japoneses no fue precisamente la de dejarse impresionar pasivamente por los adelantos que exhibían aquellos extraños que llegaban “del otro lado del mar”. De inmediato, se dedicaron a estudiarlos en todos sus detalles, y no tardaron en comenzar a fabricar sus propias armas de fuego, copiando a las que les habían presentado.


En cuanto al cristianismo, éste recibió inicialmente del Japón la misma acogida positiva que antes había dispensado el país al budismo original y luego al Zen. Sin embargo, la excesiva rigidez dogmática de los primeros misioneros cristianos antagonizó a los japoneses quienes estaban acostumbrados a aceptar y practicar las doctrinas que venían del extranjero, pero a su manera. El resentimiento que despertaron los frailes franciscanos y dominicos culminó en la expulsión de éstos, con el pretexto de que eran “agentes de las naciones coloniales europeas”.


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Sin embargo, el Japón no cerró del todo sus puertas al contacto con el hombre blanco. A los holandeses que se habían establecido en la isla de Deshima —frente a Nagasaki— se les permitió permanecer allí, y de ese modo Deshima se convirtió en una especie de estación retransmisora a través de la cual pasaban al Japón los últimos adelantos de la cultura occidental. Los intelectuales japoneses viajaban a la isla para aprender el idioma holandés y tener así acceso a los tratados europeos de Medicina, Estrategia Militar, Biología, Arte y Literatura. Pero los peligros de permitir un activo intercambio comercial y cultural con naciones empeñadas en aventuras imperialistas no escaparon a la fina intuición japonesa, y la colonia de Deshima constituyó, durante mucho tiempo, la única excepción a la política de autoaislamiento que había adoptado el país.


Por su parte, las potencias occidentales habían descubierto también el enorme potencial mercantil que latía en aquel archipiélago, y durante el siglo XIX emprendieron una campaña en el terreno diplomático dirigida a lograr que el Japón cambiara su política de aislamiento por la de puertos abiertos. No fue hasta 1853 que el comodoro norteamericano Matthew Perry forzó a los japoneses —a punta de los cañones de la flotilla que tenía anclada en la bahía de Yokohama— a abrir sus puertos a las naves norteamericanas.


La forma humillante en que se arrancó al Japón este privilegio, tuvo el doble efecto de provocar profundo malestar entre la población y, al mismo tiempo, de poner en evidencia la franca desventaja social, económica y militar en que se hallaba el país frente a las modernas potencias que estaban surgiendo en el occidente. Las reformas, pues, se hacían imperativas, y los japoneses no vacilaron en acometerlas. El adiestramiento del ejército nipón se occidentalizó por completo, relegándose definitivamente a los samurai al rol de meros símbolos de una tradición ya obsoleta desde el punto de vista práctico. El feudalismo económico se fue erradicando paulatinamente. Se asimiló la religión shintoísta y se le dio preeminencia sobre el budismo, utilizándosele como instrumento ideológico para unificar al país. Y, ya por último, el gobierno se reestructuró sobre la base de una carta fundamental (1889) —la primera del país— inspirada en la constitución prusiana.


Así, al comenzar la última década del siglo XIX, se incorporaban los japoneses a la comunidad de naciones modernas, y la prueba más dramática y convincente de ello no se haría esperar. Primeramente emprendieron guerras de conquista en Corea, China y Formosa, y triunfaron en las tres, con lo que se establecieron en el panorama del este asiático como nueva e importante potencia expansionista y, a la vez, sometieron a prueba su nueva maquinaria bélica occidentalizada.


Pero la prueba suprema lo fue la gran batalla naval librada en 1894 frente a Lushun —llamada entonces Puerto Arturo—, en la que la armada japonesa se enfrentó nada menos que a la flota del Báltico de la Rusia imperial, y la derrotó de manera tan aplastante y decisiva que muchos historiadores consideran que esa batalla es el punto inicial del proceso que, veintitrés años más tarde, culminaría con la caída del régimen zarista surgía así el Japón, ya no sólo como nación preponderante a nivel regional, sino como potencia capaz de enfrentarse militarmente con cualquiera de los colosos occidentales. Lamentablemente, el auge que alcanzó el militarismo japonés a partir de la victoria de Puerto Arturo conduciría a la larga a ese cataclismo de manufactura humana que fue la segunda guerra mundial.