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Localidad de Tell Mardikh en Siria

30 noviembre, 2018

Hace poco más de quince años, un campesino araba la tierra en las inmediaciones de Tell Mardikh —un montículo situado a unas diez leguas al sur de Alepo, en la región septentrional de Siria— cuando su arado tropezó con lo que él creyó era una roca. Irritado, el labriego se inclinó para apartarla. Pero al extraer la tierra de sus alrededores, comprobó que no se trataba de un simple pedrusco, sino algo hecho por la mano del hombre. Examinado por arqueólogos sirios, se llegó a la conclusión de que se trataba de un arca de piedra de los tiempos del Imperio babilónico de Hammurabi, que se extendió desde 1792 hasta 1750 a.J.C.


Al principio, el hallazgo no pareció tener mayor importancia. Pero, al enterarse de él, un joven italiano llamado Paulo Matthiae se sintió vivamente interesado, no tanto por la naturaleza del objeto en sí como por el lugar donde había sido descubierto. Matthiae acababa de doctorarse en Estudios Levantinos—es decir, del Medio Oriente— en la Universidad de Roma, y sabía que en aquella región habían sido hallados anteriormente numerosos tiestos y vasijas de la Edad de Bronce. El joven arqueólogo estaba convencido de que se encerraban secretos mucho más trascendentales bajo aquel montículo arenoso.



En Siria no son raras las lluvias, y, por otra parte, sus fronteras han sido siempre fácilmente accesibles. Así, pues, las ciudades y pueblos de ese país han estado expuestos al ataque constante de sus enemigos, así como a los efectos no menos destructores de la intemperie; y esta acometida doble invariablemente ha acabado por reducir todos los edificios abandonados —generalmente hechos de adobe— a simples montones de escombros.


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En estos montículos de poca elevación (llamados tell en lengua árabe), los pobladores sucesivos construían sus edificios sobre las ruinas de los que les habían precedido. Así, pues, si se corta transversal-mente un tell, aparecerán unos tras otros, en los distintos estratos o capas de su suelo, los restos de las distintas civilizaciones que se han asentado en esa zona: una moneda, un casquillo de bronce, el pedestal de una estatuilla, el asa de un cántaro u otros objetos que revelarían a qué época corresponde cada estrato.


El montículo de Tell Mardikh, con una superficie aproximada de 55 hectáreas y un diámetro de poco más de un kilómetro, era el más grande de Siria, y se hallaba en las proximidades de un camino que era utilizado en la Antigüedad por mercaderes, viajeros y columnas de guerreros. Por otra parte, este tell mostraba notables semejanzas con otro denominado Tell Hariri, situado junto a la frontera sirio-iraquí, cuya excavación había puesto al descubierto a la antigua ciudad de Mari, que había llegado a ser uno de los grandes centros de la civilización de los amoritas —un antiguo pueblo de lengua semita que dominó a la Mesopotamia, Siria y Palestina entre los años 2000 y 1600 a.J.C. En opinión de Matthiae, era posible que Tell Mardikh guardara en su suelo los restos de alguna civilización tan importante como la de Mari.


En aquellos días, el joven arqueólogo contaba sólo 21 años de edad, y sus puntos de vista eran escuchados con escepticismo, y hasta con indiferencia, por sus colegas más experimentados. Sin embargo, Matthiae no se dejó desalentar por la falta de acogida, y decidió marcharse a Siria para realizar algunas exploraciones preliminares y regresar más tarde a Roma con lo que esperaba fueran pruebas suficientes de que su interés no se basaba en la mera fantasía.


En 1964, al frente de un pequeño grupo de arqueólogos y técnicos italianos, Matthiae comenzó la excavadón sistemática del montículo de Tell Mardikh y, durante los nueve años que siguieron, exploró y hurgó entre los estratos del subsuelo que correspondían a la época de mayor florecimiento de Mari, es decir, al período comprendido entre los años 2500 y 2000 a.J.C.


Los cuatro primeros años de esta labor casi fueron estériles. Pero en 1968, un epigrama inscrito en una estatua que habían descubierto vino a reforzar las esperanzas de Matthiae y sus colegas. El epigrama en cuestión había sido dedicado a una diosa local —Ishtar— por un personaje llamado Ibbit-Lim, a quien se describía como “hijo de Ikhrish-Knip, rey de Ebla”. Al escuchar al especialista en lengua akká-dica —una de las más antiguas de la Mesopotamia— mencionar la palabra Ebla, Matthiae y sus colegas no dieron crédito a sus oídos. ¿Se trataría acaso de la enigmática “ciudad de las piedras blancas” a que se referían vagamente ciertas inscripciones que otros arqueólogos habían hallado anteriormente en la Mesopotamia y que databan del Tercer Milenio antes de Jesucristo?


En un principio, descartaron la idea. Aunque no faltaban unos pocos expertos que sostenían que Ebla había estado emplazada al Norte de Siria, hasta aquel momento la mayoría estaba de acuerdo en que, de haber existido realmente, la ciudad había estado ubicada en territorio de lo que es hoy la parte meridional de Turquía. Los arqueólogos e historiadores convenían también, casi unánimemente, en que con anterioridad al año 2000 a.J.C, Siria no había conocido la escritura, ni había existido en su territorio ninguna gran ciudad civilizada. Entre la Mesopotamia y Egipto —las dos grandes potencias de aquel tiempo—, la región aparecía como un espacio gris y estéril, habitado por pueblos más o menos perdidos en la noche de los tiempos. Pero la sola posibilidad de que Ebla pudiera hallarse sobre las ruinas de aquel enigma histórico, los estimuló a proseguir sus excavaciones con redoblados bríos.


Sin embargo, aún habrían de transcurrir varios años antes de que Matthiae y sus colaboradores adquirieran la certeza absoluta de que habían realizado un descubrimiento arqueológico espectacular.