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Navegando en la Antártida

4 diciembre, 2018

Hay situaciones en las que ningún lugar del globo terráqueo es diferente, aun en las regiones más remotas. Así, hasta en la Antártida, los políticos son primero. Cinco miembros del Subcomité de la Antártida reservan su lugar. Su tarea: evaluar la posibilidad de llevar turismo y su probable impacto ecológico en el lugar una vez que se lleve a cabo. Con el tiempo, la mayoría de los otros pasajeros tiene éxito en sus intentos por ir a tierra aunque sea por unas horas antes de tener que volver al barco. Ahí se sientan con una vista panorámica del lugar, cada quien llevando a cabo sus programas.


Los estados de ánimo se han amargado desde hace tiempo. Más y más pasajeros critican a la Organización Antártida Australiana. No es fácil pasar por alto el hecho de que todos los viajes anteriores a Mawson se habían, llevado a cabo dos o tres semanas después del año, cuando el hielo se rompe con más facilidad.


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Aún así, el “Icebird” debe llegar hasta Mawson forzosamente. Todo el combustible que utilizará la estación durante el siguiente invierno, está a bordo. La única alternativa sería evacuar la estación.
Los rumores entonces proliferan. “Regresemos”…, “iremos a otro lado”…, “vendrá un rompehielos”. Lo que llega en su lugar es una llamada de auxilio.


Se perdió una nave en ruta a un lugar cercano de aquí. “Si esto no hubiera sucedido, alguien lo hubiera inventado”, comenta Doug Thost, un geólogo que se pasó el verano en las montañas “Príncipe Charles” tierra adentro. “Cuando menos nos estamos moviendo”. La búsqueda del “Wilhaditurm” era la gota que derramó el vaso, lo que necesitaba Des Lugg desesperadamente para rompernos la moral. Por otra parte, esto demostraba de manera drástica el terrible aislamiento extremo en que nos encontrábamos. Esperar cualquier ayuda que pudiera llegar de fuera aquí, en el verdadero fin del mundo, sería ridículo. “Los trajes de supervivencia con que contábamos en nuestras cabinas, sólo prolongarían la agonía. Si cualquier cosa sucede, voy a saltar desnudo al agua”, indicó Peter Hadamek, el contramaestre. Su opinión no era para que se tomase muy a la ligera. Era uno de los pocos sobrevivientes del naufragio del “Kampen”, la nave hermana del “Icebird”.


El aislamiento se mostraba en forma gráfica en las cartas de navegación en el puente, donde estaba marcado nuestro curso —una delgada línea trazada sobre un gran mapa que mostraba una pequeña fracción del océano Indico—. El “Wilhaditurm”, por cierto, reapareció una semana después: habían mantenido su radio en silencio para no interferir con un “trabajo científico”…


De regreso a la orilla del hielo, los pingüinos hacen grandes aspavientos. Nos han reconocido tal vez. Mirarlos es casi nuestra única distracción. Todos los torneos: tenis de mesa, backgamoon, persecución trivia, vienen arrastrándose con nosotros. Ni uno solo ha llegado a terminarse.
La moral cayó y la tensión se elevó. Algunos pasajeros se quedan en cama todo el día, otros sobre cubierta por largas horas mirando el paisaje. La vida ha llegado a sus límites extremos: nos levantamos a las 11:30, comemos, dormimos la siesta, cenamos… los más energéticos tal vez jueguen una partida de tenis de mesa. Después, corriendo al bar, cuando el tiempo está en buenas condiciones, los bebedores salen a cubierta… luego que la provisión de 98 botellas de ginebra se ha agotado.


Casi no tenemos comunicación, nadie quiere hablar. Sólo el aparato de video se mantiene trabajando las 24 horas del día: “Top Gun” y “Co-nan” una y otra vez. Sueños de poder.


“Siempre es el hielo el que te dice qué debes hacer, nunca es al revés”; expresando esto, Ewald, el capitán, sonríe. Un zona de baja presión se mueve hacia nuestra posición y levantamos anclas. Pasamos trozos de hielo del tamaño de pueblos pesando unos cuantos miles de toneladas. Incluso una nave como la nuestra podría quedar aplastada entre ellos en cosa de segundos. Echando vapor de un lado a otro, siempre por el mismo curso, nos mantenemos por un camino conocido. Después de todo, las aguas aquí son casi desconocidas para los cartógrafos.


Al siguiente día, Ewald trata de romper el hielo. Cuando menos lo intenta. Como si estuviera patinando en hielo con la nave, maniobra al “Icebird” un poco a la izquierda, un poco a la derecha, hacia adelante y hacia atrás, para dar lugar al hielo roto. En el transcurso de un día, ganamos un kilómetro. La mañana siguiente, el paso que habíamos abierto, está congelado de nuevo.