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¿Qué es Delta Charlie?

Esta es la versión determinante de una clase de alfabeto que brotó antes de la Primera Guerra Mundial en contestación a los adelantos en equipos de radio compatibles con voz para prosperar la comunicación mediante líneas telefónicas de gran distancia de mala calidad.

¿Por qué razón defiendo enérgicamente los libros de cuentos? Por el hecho de que en ocasiones los «milagros» literarios se tienen la posibilidad de hallar con apariencia de historias poco comúnes que son interminablemente satisfactorias tanto individualmente como en su grupo. Tal y como si tuvieses una novela compuesta por múltiples novelas cortas que se tienen la posibilidad de enseñar de distintas formas o, por contra, son muy congruentes. Pero comunmente -a menos que se intente una pura colección, de una mixtura- con un tono, un ritmo, una armonía y una dirección interior que dejen al lector engancharse considerablemente más que la mucho más grande ficción. Pues dada la duración limitada de la historia, debes realizar tu parte. Precisa utilizar su imaginación y «ocupar» los espacios en blanco. Tal es la situacion de las diez maravillas reunidas en Alpha, Bravo, Charlie, Delta, el único libro de la habitante de Estados Unidos Stephanie Vaughn anunciado hasta hoy que nos llega de la mano -claro que son los «cazatesoros» de las letras- de nuestro amado Sakhalin.

Vaughn, originario de Millersburg, Ohio, es instructor de literatura inglesa y escritura creativa en la Facultad de Cornell. Sus historias se han publicado en el New Yorker y en antologías de cuentos cortos en las décadas de 1970 y 1980 antes de mostrarse en este libro de 1990, Alpha, Bravo, Charlie, Delta. Un libro que, en menos de doscientas páginas, cuenta vidas que sobre el papel semejan muy lejanas, prácticamente anormales -un caso de vida militar que marca las historias que Gemma Jackson cuenta en medio volumen con un marcado acento autobiográfico- y no obstante no solo son completamente identificables, sino más bien asimismo sensibles, apasionantes y durables. Pienso que hay múltiples causas por las que se consigue este nivel excepcional de deber con el lector.

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