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Viaje a la Antártida

30 noviembre, 2018

El buque alemán “MV Ice-bird” (“Pájaro de Hielo”) es utilizado para llevar provisiones a las bases australianas en el Antartico durante los meses de verano en el Sur. Esta es la historia de uno de esos viajes. Todo comenzó en Hobart, Tasmania.


“Ya te acostumbrarás. Es cierto que se mece un poco”, expresa Werner Schlieker, el segundo de a bordo, sentado muy tranquilo en su silla del puente. A su alrededor brillan los despliegues digitales de números, radares y medidas gráficas en luces rojas y verdes. El piloto automático voltea la nave forzándola hasta 30 grados contra el ventarrón que sopla a su costado. “Los rompehielos se mecen, eso es todo”, murmura mientras continúa leyendo su libro.



Eso está muy bien, pero no me dice cómo podría dormir parándome de cabeza y luego de pie, alternadamente, aunque al final del día, eso ya no importa. Lo que importa es estar presente, aquí, a bordo del barco que se mueve con lentitud desplazándose por el sur del océano Indico hacia el menos accesible de todos los continentes: Antártida, con 100 pasajeros y 25 de tripulación, todos por cortesía de la División Antártida Australiana. Científicos, políticos, gente de la TV, soldados, obreros, mecánicos diesel, médicos y un filósofo, todos juntos a bordo del “Ice-bird” proveniente de Hamburgo con su tripulación alemana. El buque ha sido empleado año tras año para llevar provisiones y hombres a las bases antarticas australianas.


El tiempo pasa, y los días parecen hacerse más largos en la realidad misma y en nuestras mentes. Una página de notas garabateadas, un juego de tenis de mesa, y se siente uno agotado. Bajamos nuestro ritmo al de alrededor, a la monotonía. Los mismos cielos grises, los mismos mares grises, los mismos albatros.


Aún así nos seguimos aferrando a los viejos hábitos: mirar por la ventana, por ejemplo, sabiendo, pero sin darnos cuenta, que no hay nada en lo que podamos fijar los ojos.


Nuestros relojes internos se deterioran. Todos duermen hasta muy tarde. Los días comienzan a la hora de comer, y terminan a las 3:00 de la mañana. Sólo la tripulación del barco se apega a los horarios establecidos: en el puente, el cambio de guardias es cada 4 horas. La tripulación, trabaja en turnos de 8 horas.


Las noches en el bar de nombre “Stoppy’s” transcurrían una tras otra. Era el centro de gravedad de la nave después de la cena. La conversación, con ginebra y agua de quina, era sobre las expectativas de las cosas que pasarían, el sentimiento de estar encerrado en esa “lata” de 109 x 19 metros, improvisando temores disfrazados de palabras amables, tratando de conocernos mutuamente. Eramos un grupo de muchos individuos, y no un equipo homogéneo, acercándonos a la costa más remota en nuestro planeta.


Luego, un día de tormenta, aparece el primer iceberg ante nuestros ojos. “Alarma Kodachrome” le llamó Tim Bowden, un radiorreportero australiano, llamándonos a ver la escena. Cien cámaras fueron disparadas al espejismo blanco que se hallaba a kilómetros de distancia.
Se acercaban más y más mientras pasaban los días. Como imágenes de una escena teatral del pasado, se veían con una perspectiva en dos dimensiones únicamente. No había puntos de referencia, nuestra percepción de los tamaños no asimilaba el de los icebergs, muchas veces de kilómetros de largo.


Luego llegaron las corrientes de hielo. Conforme crecían, la velocidad del barco disminuía. Entonces, cuando un gran trozo pasó rozando un costado del “Icebird”, todos salimos a cubierta con rapidez. Un iceberg. Los gigantescos monstruos blancos nos rodeaban, brillando en la escasa luz del sol de medianoche.


Una y otra vez, la quilla del “Icebird” empuja rompiendo el hielo. La nave completa vibra, y se detiene un poco. Luego, el peso de 7,000 toneladas rompe el hielo otra vez, rajándolo con la velocidad de un rayo. Algunos trozos resultantes pasan por un lado y otros por debajo del casco. Con un rugido oscuro, todo se va resquebrajando a través de la superficie con apariencia de gelatina: el agua de mar casi se congela a
menos dos grados.


Los pingüinos y las focas se sentaban sobre los trozos grandes de hielo, mirando al gran monstruo rojo brillante que irrumpía en su mundo con 5,400 caballos de fuerza. Un extranjero gaudiano en su planeta. Sobre la loma de un iceberg inclinado, un grupo de pingüinos mira el agua sin cesar: las ballenas asesinas, sus peores enemigos, patrullan la orilla vigilando sus bocadillos.


Mirando en silencio, todos los pasajeros están en cubierta. Parece casi una blasfemia penetrar este mundo, como entrando a una dimensión desconocida. “Nosotros no pertenecemos a esto”, dice alguien al micrófono de Tim, sin quitar los ojos de la escena. Con excepción del ruido del hielo al romperse y un ocasional sonido emitido por los pingüinos, nos rodea el silencio total. Mientras la luz en los icebergs se vuelve cada vez más surrealista, nos vamos acercando al continente antartico.


“Hasta aquí”, manifiesta Roger Rúsling, el tercero de abordo, mientras apaga el motor y se recuesta sobre su silla en el puente. Había estado llevando la nave a través del hielo en las últimas horas. Ahora ve la situación que nos esperaba por delante: hielos rápidos, una masa blanca compacta, desde aquí hasta la costa. Los desplegados digitales mostraban los datos de nuestra localización: 3,161 millas náuticas de Hobart, 67° 05′ Sur, 62° 56′ Este, Olh 50′ tiempo local. “WP 1, 30 NM” se leía en el sistema de navegación por satélite. Esto significaba que estábamos a 30 millas náuticas de nuestro destino, a escasos 54 ki-lómetros de Ifawson, nuestro primer puerto propuesto. Y entre nosotros, nada. Sólo el hielo.
El límite del hielo. En las semanas subsecuentes tendría para nosotros un significado casi mágico. Se transformaría en nuestro objeto de furia, odio y desesperación. Estábamos en una situación similar a la de las primeras expediciones. Mañana, o con seguridad un día después, navegaríamos con tierra a la vista.


Más tarde, ya era visible. En el aire cristalino y puro, tras la estación Mawson, se levantaban el monte Henderson y el monte Rumdoodle, a 70 kilómetros de distancia.


La mañana siguiente a nuestro arribo el ambiente se torna en una especie de fiesta. Todos estamos contentos, esperando ir a tierra.
Esto cambió rápidamente cuando el capitán Ewald regresa de un vuelo de reconocimiento en helicóptero: “Olvídenlo, hay hielo sólido de aquí a la bahía”, señala. A pesar de esto, el correo y los primeros pasajeros llegan a la bahía volando, sólo para regresar algunas horas después.
El jefe de la estación se negó a permitir que alguno se quedara a pasar la noche en la base. Aun Sandra Fahey, la esposa de un expedicionario, tiene que volver. Ha ganado el viaje anual del “Club de las Esposas Antárticas”, para ver a su esposo que estaría un año allí. Ahora tuvo que regresar al barco.


Llegó el momento de la intriga. Des Lugg, el líder de viaje, se ahoga en peticiones e intensos esfuerzos de nuestra parte por un lugar. Todos queremos ir a tierra, pero llevar en el helicóptero a 100 personas ida y vuelta al día una distancia de 54 kilómetros queda descartado.